Cuando le dió la vuelta a los bolsillos de la gabardina, salmones, sardinas y lenguados cayeron por pares de ellos.
Ella sonrió sin entender, pero como si lo entendiese. Y ese fue el momento en el que ambos acordaron no hacer más preguntas ni hablar más del asunto.
Los días se sucedieron lenta e intensamente uno tras otro y ella, con el pelo cortado a la altura de la mandíbula a base cortes transversales, siguió haciendo jirones con la tela de las cortinas.
Y paulatinamente la luz fluía por las esquinas y los álbumes de fotos y de promesas caducadas.

Es cierto que las pesadillas no desaparecieron de la noche a la mañana, pero a medida que se alejaba, la silueta del otro joven se iba haciendo más pequeña, más borrosa.
La calma de los dos y la relación de literatura juvenil apasionada se consumía al ritmo de los cigarros de ella mientras ambos iban madurando.

Fue tan sólo una ilusión, un espejismo. Murmuraba ella al mirarse de refilón en el espejo del vestidor, al abrir y cerrar las puertas del armario.
Él ya, por el contrario, ni si quiera se acordaba de eso.
La veía ir al parque a hacer fotos a los niños y a los patos cuando pasaba bajo la ventana de su oscura habitación de paredes color melocotón. Observaba su bufanda de rayas y las colas de los pescados aletear en sus bolsillos, más le era demasiado duro decirse a sí mismo: la he perdido.